Historia del Monumento al Pípila: Un símbolo que trasciende generaciones


Guanajuato, Gto.- Inaugurado en el año de 1940, el monumento al Pípila, ubicado en todo lo alto del corazón de Guanajuato capital, se ha convertido en un sitio emblemático de la ciudad, una imagen icónica que representa lo más puro de la esencia del pueblo guanajuatense: un pueblo minero, trabajador, aguerrido y valiente, tal como lo fue Juan José de los Reyes Martínez Amaro, mejor conocido como El Pípila, quien se dice que vivió en el Barrio de Mellado, y que trabajó en la mina de San Cayetano en la Valenciana y también en la Mina de Rayas, ubicada en el mismo Barrio de Mellado.
La construcción del monumento al Pípila se prolongó por espacio de poco más de un año, comenzando en enero de 1939. En total, la estatua, hecha de cantera rosa, un material que de manera natural se da en los cerros de Guanajuato, tiene una altura de 17 m, desde los pies hasta la antorcha, dominando el horizonte sur de toda la cañada. Un minero oriundo del poblado de El Cubo, llamado Antonio Moya Núñez, fue el modelo de la escultura.

El Pípila es una figura en la que la historia y la leyenda se confunden, ya que, a pesar de todas las historias que se cuentan de él, hay quienes aseguran que nunca existió. Sin embargo, para los que creen que fue real, en su figura ven el alma y carácter de todo un pueblo, más que un personaje, un héroe que nos inspira a ser mejores.
Para quienes no la conocen, la leyenda de El Pípila nace el 28 de septiembre de 1810, día en que el ejército independentista comandado por el cura Miguel Hidalgo toma la ciudad de Guanajuato, acorralando a los españoles en la Alhóndiga de Granaditas, último reducto de la resistencia ibérica en la ciudad. Tras varias horas de asedio, en el que la fortaleza se resistía a caer y las bajas de insurgentes se acumulaban, un hombre surge de entre la multitud, y con un valor y una fuerza sobrehumanas, toma un gran bloque de cantera, lo monta en su espalda para cubrirse de los proyectiles que arrojaban desde el interior del inmueble, y se aproxima a la puerta para prenderle fuego, provocando con esto el fin del sitio. Hay quienes cuentan que murió en el acto, otros más que vivió hasta viejo en las calles de esta ciudad. En cuanto al apodo de El Pípila, se dice que se debió ya sea a su modo de caminar o a su tono de piel oscuro, cualquiera de ellos era semejante al plumaje de la hembra de guajolote, a la que popularmente se le llamaba Pípila.
Hoy en día, para llegar al monumento, es posible subir en auto o a pie, e incluso, desde hace más de 20 años, hay un funicular que, por poco más del equivalente a 1 dólar, sube desde un costado del Teatro Juárez, dando una experiencia única mientras se eleva por encima de la vista inigualable de la ciudad. Sin duda alguna, un lugar en el que todo el mundo que visita Guanajuato debe tener al menos una foto, pues desde el mirador debajo del monumento es posible apreciar todo el casco histórico, desde el Jardín Unión hasta los cerros de la Valenciana, un espectáculo que por las tardes se convierte en un deleite para los sentidos.
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