Las mujeres obedientes de Morena
La congruencia es un atributo que es cada vez más escaso, especialmente en la clase política. Ser congruente es hacernos cargo de nuestras palabras, es vivir y actuar en concordancia con lo que decimos. Es triste, pero si ponemos atención, la mayoría de las personas dicen una cosa y hacen otra. El cinismo sobrepasa la solidaridad. La sororidad ni existe. Y, muchas diputadas que pertenecen al partido oficial han gritado a los cuatro vientos que son feministas, prometieron salvaguardar los derechos de las mexicanas, las hemos visto gritando consignas el 8 de marzo en las marchas del día de la mujer, arengar con el “yo sí te creo” y a la hora buena, dejan a una posible víctima en entredicho por obedecer y proteger a su presunto atacante. Es indignante ver cómo se achican en el momento de la verdad.
La presidenta se regodea en el micrófono de las mañaneras del pueblo diciendo sobre los diversos temas que la ocupan que a su movimiento le importa la congruencia, sino ¿qué pensará el pueblo? Y, es eso mismo lo que yo me pregunto. No les importó abandonar sus ideales de defensa de las víctimas ni les interesó agachar la cabeza con tal de proteger a un posible agresor. Lo único que se estaba pidiendo era que el señor dejara el fuero para que diera la cara a la justicia y comprobara su inocencia. Ellas prefirieron apoyarlo a él y no a la supuesta agredida.
Claudia Sheinbaum dice que hay que aportar pruebas en el caso de Cuauhtémoc Blanco. ¿Para qué? El señor está amparado por su fuero y por el poderosísimo aparato del poder. La señora presidenta, desde el púlpito presidencial dice que la denuncia venía de un fiscal corrupto con lo que se deduce que por eso había que descartar el expediente. ¿Dónde quedó el “yo sí te creo”? No hay mucho más que decir: esas palabras se las llevó el viento. La congruencia de las morenistas está hecha polvo. La presidenta no le cree a la mujer y se lava las manos.
Es una vergüenza ver como la mandataria ha justificado la decisión del Congreso de desechar la solicitud para iniciar un juicio de desafuero para que el exgobernador enfrente a la justicia por el presunto delito de intento de violación. Es peor vergüenza ver como esta mujer que en los primeros momentos de su mandato nos dijo: ¡Llegamos todas!, y no han pasado ni seis meses y ya se le olvidó. Se desmorona su feminismo y nos deja claro que llegó ella y lo demás es lo de menos. Las demás no existimos, ni siquiera sus propias correligionarias que han hecho de su discurso trizas en unos cuantos segundos.
Es de pena y de terror atestiguar como Claudia Sheinbaum defiende sin disimulo el contexto en el que se dio la decisión del oficialismo de librar a Blanco del juicio de procedencia que le quitaría la inmunidad para ser procesado penalmente por el delito al que se le vincula. Ella padece el síndrome de la abeja reina: monarca del panal y todas las demás son obreras. Si un obrero las molesta, que se aguanten. Y con esa frialdad que la caracteriza, tiene el cinismo de negar el cochupo que se marcó en alianza con el PRI para proteger al exgobernador de Morelos.
La presidenta quiere tapar el sol con un dedo, ha rechazado cualquier pacto con el PRI dirigido por Alejandro Moreno, quien carga a cuestas una solicitud de desafuero que se mantiene congelada en la Sección Instructora de mayoría oficialista. “¿Cómo creen que va a haber alianza con el PRI? Imagínense aliarse con Alejandro Alito Moreno”, lanzó Sheinbaum para después insistir en que fue decisión del Congreso. Señora, eso hicieron.
No sé si Cuauhtémoc Blanco violó o no a su hermana. Eso lo sabrán con toda certeza ellos dos. Lo que sí sé es que le creyeron a él y no a ella. Fue a él a quien le dieron protección y cobijo, no a ella. Y las mujeres morenistas le fallaron a la víctima. Si ellas hubieran sido menos obedientes y más congruentes, hoy la presunta atacada podría tener su oportunidad en la corte.
La decisión de estas morenistas obedientes nos regala un día negro a todas las mexicanas que buscamos un terreno más parejo. No con privilegios, con mejores condiciones. No le creyeron, o si le creyeron no les importó. Ni modo, en el poder hay puras mujeres obedientes. Tal vez, sea por eso que están ahí.
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